Huesos
Un cuento oscuro sobre arqueología familiar con un final un tanto abrupto.

El verano pasado volví a Arroyo por primera vez en diez años, pero mi mente continúa allí. Unos días antes llegó una noticia poco sorprendente, aunque no por ello menos triste: Lucía, la hermana pequeña de la abuela, había fallecido. Mi madre, en un intento de tranquilizarse a sí misma, me aseguró que no había sufrido. La muerte había asaltado a mi tía en plena preparación de un cocido lebaniego, y mi madre no pudo evitar hacer un comentario al respecto.
–He tenido que dejar la puchera a remojo. Estaba todo carbonizado, un desastre. Solo quedaban los huesos.
Por un momento, la imaginé llegando a tiempo de salvar el cocido y llevárselo en un tupper de recuerdo. Tuve que reprimir la risa por lo inapropiado de este pensamiento.
–¿Y qué has hecho con ellos?
–Los he dejado al lado del cobertizo, para los gatos.
Los acontecimientos complejos no eran el fuerte de mi familia. Siempre tratábamos de canalizarlos de una manera racional, mediante la gestión. Asegurarse de que el testamento estaba en regla, últimas voluntades, qué íbamos a hacer con sus cosas. Esto incluía, efectivamente, detalles como el estado en el que había quedado la cazuela. Hacernos cargo de los preparativos y de todo lo que hubiera quedado pendiente nos ayudaba a mantener los pies en la tierra, protegiéndonos de la patata caliente a punto de estallar en nuestras manos.
Un par de días más tarde, entré en coche al pueblo, guiándome por el campanario de la vieja iglesia románica con su pequeño cementerio, que se alzaba frente a la casa de mi tía. Por el camino vi al Polilla, más loco que nunca. Si ya era viejo cuando yo era pequeña, ahora estaba decrépito. Le saludé con la mano y me miró confuso. Mi madre nos recibió a Ebro y a mí frente a la verja de la entrada. La hiedra se estaba comiendo el muro, como si estuviera a punto de ocurrir un desbordamiento. Mientras nos abrazábamos, Ebro rascaba sus patas contra las piernas de mi madre, reclamando la atención y el cariño propios de los reencuentros. Atravesamos el jardín hasta llegar al porche, donde abandoné la mochila en una de las sillas de ratán antes de espatarrarse en la de al lado. Entre ladridos de felicidad, los pestillos del coche me recordaron que el cierre automático se había activado tras cinco minutos.
Mi madre y yo nos pusimos al día hasta que llegó el momento de abordar la cuestión principal. No nos quedaba familia en Arroyo, ni a nosotras ni a ninguno de los otros cinco habitantes del pueblo. La mía había sido la última generación en disfrutar de aquella región en primera línea del Embalse del Ebro. Tanto que había decidido llamar así al peludo que me acompañaba desde hacía unos años, y que ahora estaba haciendo honor a su nombre empapando el jardín de la tía Lucía. Allí aprendí qué frutas comer cada temporada, cuáles eran las mejores manzanas para hacer sidra o cuándo volver corriendo a casa ante la amenaza de una tormenta. Toda una serie de conocimientos que había traicionado al emprender mi propio éxodo rural, y que mi abuela y su hermana no perdían ocasión de recordarme.
Por todo esto, decidimos que lo mejor era poner la casa en venta tras pasar allí el verano. Era algo que no había consultado con Ebro, pero sabía que aceptaría encantado. Mi madre me pidió algunos días para volver a su casa a organizar sus asuntos, y me prometió que después volvería. Mientras ella estaba fuera, empecé a sentir ansiedad. Al no estar mi tía, me invadió una sensación de extrañeza, como si no tuviera derecho a existir en aquel momento y lugar. De vez en cuando me topaba con sus pertenencias como si fueran una prueba de mi respeto hacia su intimidad. Cartas antiguas en sobres cerrados, cuadernos con notas ilegibles y cajas organizadas, llenas de objetos que parecían no tener importancia, pero estaban allí, casi expuestos. Su presencia, aunque ausente, era abrumadora.
Tomé la decisión de hurgar lo menos posible hasta que volviera mi madre, así que dediqué mucho tiempo a leer en el jardín. Desde el jardín se escuchaban los desvaríos del Polilla, a los que Ebro respondía con algún que otro ladrido, hasta que se cansó de intentar comunicarse con él y se durmió. Supe que se había despertado cuando le escuché masticar algo. Al principio no le di importancia, pero los crujidos empezaron a sonar como pequeñas fracturas. Dejé el libro a un lado y adosé la mano sobre mis ojos para esquivar el exceso de claridad. Era un día sorprendentemente soleado. Vi claramente que mi perro sostenía algo entre las patas delanteras. Me acerqué para averiguar qué se estaba comiendo, y fue entonces cuando me di cuenta de que era un hueso. “Suelta, no quiero sustos”, le dije. Al rato apareció con otro. Esta vez parecía un pequeño fémur. No entendía de dónde los estaba sacando, pero sabía que si me alejaba y fingía volver a lo mío, el muy ingenuo me mostraría dónde estaba el tesoro. Lo vi levantarse, olfatear, vigilar mi posición y volver disimuladamente cerca del cobertizo, pegando al muro. Cuando me acerqué, localicé un lugar en el que asomaban tímidamente fragmentos de huesos, apenas visibles en el suelo agitado. Probablemente, Ebro y más animales habían estado removiendo la tierra. Hice una foto con el móvil y se la envié a mi madre con el siguiente mensaje: ¿Es posible que enterraras aquí los huesos del cocido el otro día? Me respondió al momento.
–¿Por qué iba a hacer eso?
–Pues entonces tenemos huesos en nuestro jardín.
Mi madre hizo justo lo que esperaba que hiciera. Se pasó un par de minutos “escribiendo” para después llamarme por teléfono con cierta turbación. Me preguntó si podía escarbar un poco con la pala para asegurarnos de que solo eran huesos sueltos. Le dije que no haría nada de eso hasta que ella no volviera. Suspiró y se comprometió a llegar esa misma tarde, así que al menos me sentí acompañada cuando ambas descubrimos aquella especie de útero en las entrañas de la tierra. Teníamos ante nosotras los restos de un bebé, un esqueleto perfectamente formado. No había nada que señalase que aquel lugar era una tumba. Probablemente, nunca debió haber sido encontrado. Ebro había desenterrado un secreto, ¿pero de quién? Mi madre y yo hicimos un repaso por toda nuestra saga familiar, tratando de establecer una relación entre lo que acabábamos de encontrar y lo que sabíamos de nuestro pasado. Se nos ocurrían varias teorías: un aborto, un hijo ilegítimo, un abandono, o incluso un crimen. El problema es que nadie podría confirmarlas nunca. Esa noche no conseguí dormir, solo podía pensar en aquel bebé cuya existencia había sido silenciada para siempre.
Al día siguiente, sin saber muy bien para qué, llamamos a la policía. Mientras ellos revisaban el jardín, yo salí a pasear con Ebro por el embalse. Cuando volvimos, mi madre me agarró fuerte el brazo y susurró:
–Han encontrado más esqueletos de bebé. Por lo menos 6 ó 7.
Al otro lado del muro del cementerio, el Polilla cantaba:
–A dónde van, a dónde van, los niños sin bautizar…

Me ha flipado? No, me ha turboflipado 🎉
Aaaaahhhhhh!!!! Así me quedé.